domingo, 4 de enero de 2015

Febrero


En este mes, continuando con la aventuras de nuestro personaje nos adentraremos en la cordillera del Himalaya, y a este cuento le llamaremos:

Mi compañera es preciosa y …  

Poco tiempo estuve tratando de reunir la ropa y avituallamiento necesario para reemprender mi aventura. Pero, ¿a dónde ir? ¿con quién ir?


Esas eran las preguntas que me hacía aquella misma noche al pie de una pequeña torre donde podría encontrar la información suficiente a mis inquietudes.

Entré, se ve que con cara de asustado, porque una bella mujer que sentada tras una mesa, me preguntó -¿En qué puedo ayudarle?
Su voz era dulce y grata al oído, así como prestándose a dar confianza. Cosa que sentí y ya sin titubeos le dije que pretendía adentrarme en las montañas y conocer su apasionante país, pero no solo, sino integrado en alguna expedición que se dirigiera a los picos más altos.


No tuvo que buscar mucho entre sus papeles, porque de inmediato me puso delante de los ojos unos folletos muy explícitos, que aclaraban todas mis preguntas; tanto, que salí habiendo acordado con quienes iría, a dónde y cuándo saldría.
A primera hora del día siguiente, entré donde me informaron y el jefe del grupo expedicionario me dijo que saldríamos en la madrugada del próximo lunes, o sea dentro de  tres días.

Compré las cosas que me hacían falta a requerimiento de mi nuevo jefe, y me dispuse a conocer aquella ciudad, sus esculturas y sus gentes. Por lo que lo primero que visité fue, y quizás inconscientemente, un templo para dar gracias a alguien por facilitarme la tarea de incorporarme a un grupo aventurero.
Así que me senté sobre mis dobladas piernas y, no se durante cuanto tiempo, me quedé absorto mirando la serena escultura de una mujer, que en la misma postura que yo, parecía trataba de ayudarme para que tuviera serenidad y confianza en mí mismo.

Pero, bueno, por fin llegó el día y nos reunimos a eso de las cinco de la mañana para trazar el plan. Acto seguido, nos pusimos manos a la obra y nos dirigimos al almacén para recoger los víveres, sacos de dormir, lámparas de gasoil, y en definitiva, todo aquello que estaba contemplado en la lista hecha dos días atrás a tal efecto.

Como yo era el más novato, me tocó hacer de “corre, ve y dile”, así como de “-toma, lleva esto” Pero no me importaba, mis ganas de participar en la expedición compensaba los esfuerzos extras que me hacían hacer. Hombre, y yo diría que hasta me gustaba presumir de diligente y eficaz, máxime ante las dos compañeras que formaban parte del grupo

Nada más ver a aquella chica de ojos verdes y rasgos orientales, me dije que ya merecía la pena hacer sacrificios si a mi lado se estaba ella, Ariella.

Los dos camiones que nos llevarían a los pies de las montañas, se encontraban fuera del almacén, yo diría que un poco remolones a ver si evitaban el palizón que les esperaban. Pero, lo siento, para eso estaban allí. Así que a modo de pasarnos paquetes de unos a otros, fuimos cargando los camiones.
En uno irían el jefe de la expedición, el que sería cocinero y furriel, la otra chica y el veterano expedicionario, y el otro camión los otros dos compañeros, Ariella y yo. Cosa que me agradó profundamente, ya que de esa manera podríamos cambiar impresiones y yo aprender de su experiencia, pues no en vano había estado ella en cinco expediciones anteriores.

Estuvimos cuatro días con sus correspondientes noches rodando por aquellos tortuosos caminos de tierra y de mucho peligro, parando tan solo para comer y evidentemente dormir cuando el sol se ponía. Y no es que durmiéramos mucho, pues tan pronto empezaba a clarear, nos levantábamos y de nuevo a la carretera, mejor dicho a las sendas o veredas de tierra y piedras.

Pero todo tiene su fin, y al cuarto día llegamos a lo que sería el campo base.

4 por 24 menos 6 de dormir, son setenta y dos horas de vivencia con los compañeros, tiempo más que suficiente para conocernos y aprender, al menos la teoría, de cómo actuar ante lo que se nos avecinaba.


Ya os podéis suponer que la mayor parte del tiempo estuve junto Ariella. Mujer que me tenía fascinado. Bella, de mente clara, responsable y simpática, era como un regalo caído del cielo.

Pero mucho divago y no cuento lo que importa, lo que hicimos. Después de descargar los camiones, nos pusimos mano a la obra a montar las tiendas, y estaba chupado que la primera sería la del jefe.

Luego montaríamos la nuestra y la común, que serviría esta última de comedor, sala de reuniones, y todo lo imaginable para aquella intrépida expedición.
Sin pérdida de tiempo, formamos dos grupos, prácticamente, el formado por cada uno de los camiones, así que miel sobre hojuelas, también estaríamos juntos Ariella y yo.

Nos abrigamos, cogimos víveres para el resto del día y nos encaminamos montaña arriba hasta un lugar donde una milenaria escultura sobresalía de la tierra. Tan solo podía verse la cabeza y el hombro derecho, pero por sus dimensiones igual mediría 30 metros de altura.

Uno de los objetos de la expedición era investigar la vegetación de aquella zona, así que tomamos unos esquejes y los guardamos en unos tarros de cristal debidamente hermetizados.
Para arrancarlos de la tierra habríamos de tener sumo cuidado para no dañarlos, y preventivamente usar guantes, pues podrían ser tóxicas aquellas plantas. Una medida excesiva, pienso yo, pues se parecían a los jaramagos que abundan en las afueras de mi pueblo. Así que en más de una ocasión los cogía sin guantes, pues inexperto como era, me era difícil cogerlos y no dañarlos.

De vuelta al campamento, estaba tan hambriento, que dejando el macuto y los tarros de las plantas, me fui a la tienda-comedor y me zampé un suculento filete de buey, un buen vaso de vino y unas verduras al vapor que tan hábilmente preparaba nuestro amigo el cocinero. Diez minutos después me acosté, mejor dicho pude al fin lavarme al menos las manos, y caí roque.

Noto que alguien se mueve en la tienda, así que miro hacia el catre de mi compañero y veo, a pesar de que aún es de noche, que sigue durmiendo; sin embargo, la luz de la luna llena me permite contemplar una imagen de mujer que se dirige hacia mi cama y me susurra: - Levántate y ven conmigo que tengo una sorpresa que darte.

Era Ariella que preparada como esta mañana, me pedía que me vistiera y saliera de la tienda para ir al mismo sitio en que estuvimos hacía no muchas horas antes. Sin dudarlo un momento me levanté y salí con ella sin hacer ruido.
Sin apenas llevarnos nada con nosotros, rehicimos el camino del día anterior, pero esta vez cogidos de la mano y mirándonos más a los ojos, que al suelo que pisábamos.

Cuando llegamos a donde estaba la escultura semienterrada, Ariella me dio un apasionado beso y me dijo: -Ahora verás lo que puedo hacer. Y como impulsado por un resorte se colocó debajo de la cabeza de la escultura y empujando con sus dos preciosas manos, en menos de diez minutos la escultura estaba en posición vertical. Eso sí, aún enterrada desde medio pecho hacia abajo.

-       ¿Qué te parece? ¿Verdad que no era justo tenerla en esa posición? O tendida, o de pié, pero nunca inclinada.
-       Tienes toda la razón. Le respondí con los ojos más que con las palabras, pues mis labios apenas podían articular palabras por lo que vi.

Me acerqué a ella despacio, muy despacio, pero extendiendo los brazos para darle un abrazo y un beso.

Ella me rodeó con sus brazos también, y perdiendo el equilibrio nos caímos al suelo, del que por cierto no intentamos levantarnos.
La volví a besar, pero ¿qué era aquello duro que se me quedó entre los labios? Me separé un momento y lo cogí con mis dedos, hasta que lo solté horrorizado. Era la dentadura postiza de Ariella.

-       No te asustes. –Me dijo muy calmada. Y continuó diciéndome, que no era solo aquello postizo lo que llevaba, y se quitó el brazo izquierdo y la pierna derecha, ambas extremidades ortopédicas.

Me entró un sudor frío, el corazón me latía fuerte y el cansancio era más grande de todos los que había padecido antes.

En aquel momento, oí una vez más la voz de Ariella, y me decía - ¡Despierta! Madre mía como sudas. ¿Qué te pasa?
Y en un instante en mi tienda estaban todos los compañeros mirándome y riéndose. Cosa que no comprendí.

- ¡Vaya con el novato! No nos hizo caso y cogió las hierbas con la mano sin guantes y se intoxicó, pues seguro que se la llevó a la boca antes de lavarse –Dijo el jefe de la expedición, y añadió – Le está bien empleado por no cumplir las normas y además por guarro.

En menos de cinco minutos se fueron todos a sus tareas, no sin antes decirme que en cinco horas se me pasaría, pero habría de vomitar hasta la última papilla.

Efectivamente, después de echar el filete de buey por donde no debía haber salido, me quedé nuevo y dispuesto a continuar con mi labor en la expedición.

Cosa que hice muy bien, y por la lección aprendida, no me quitaba los guantes ni para apartar una sola rama de los senderos por los que nos metíamos.

Después de un mes de trabajos de investigación y toma de datos, retornamos a la ciudad para dar por terminada la misión, así que volvimos a cargar los camiones y en marcha.

La composición fue la misma que a la ida, así que me senté al lado de Ariella, por lo que la vuelta se me hizo cortísima. Eso sí, cuando reía, le miraba los dientes, con la satisfacción de ver que eran suyos y los tenía bien sanos y sujetos.

Ya no me conformaba tan solo con charlar, sino que con cualquier excusa, le cogía los brazos y las piernas. Eso sí, en más de una ocasión me tuvo que decir: - ¡Pero para, que me las vas a arrancar!