domingo, 4 de enero de 2015

Marzo

En este mes, continuamos la aventura de descubrimientos, pero esta vez en construcciones abandonadas, por lo que a este relato le llamaremos:

El traslado del tesoro de la pirámide

Aquella experiencia de investigar por territorios poco conocidos me apasionó, así que desde allí mismo contacté con otro grupo expedicionario que tenía como misión el investigar qué pasó con los tesoros, que según la leyenda, estaban ocultos en una pirámide de una famosa estirpe extinguida hace más de dos mil años.

El pensamiento aún lo tenía ocupado recordando a Ariella, por lo que muchas de las cosas que pasaban en mi alrededor se me escapaban, e incluso en más de una ocasión me tenían que repetir las cosas porque no prestaba atención a lo que me decían. Pero bueno, en tres días ya estaba en mi nuevo destino y con la mente en lo que debía.


Llegué a media mañana, y lo primero que vi fue un todo terreno a medio cargar, o descargar, en la entrada de un edificio marrón de una sola planta construido hacia mediados del siglo pasado.

Entré con la mochila en la mano, como si tuviera prisa por soltarla y descargar su peso que gravitaba sobre mi espalda. Me dirigí a una mujer de mediana edad que estaba sentada tras una destartalada mesa, y dándole mi nombre, le pedí que me dijera a quién debería ver para incorporarme a la misión de búsqueda del tesoro de la pirámide.

Miró a derecha e izquierda a ver si alguien más podía oírnos, y viendo que estábamos solos, me dijo que me sentara un momento que en seguida vendría un compañero para que me fuera con él

Efectivamente, a los diez minutos me encontraba hablando con Guillermo, que así se llamaba uno de los compañeros que tendría en la nueva expedición, y me aclaraba cuantas dudas tenía sobre mi cometido.

Al día siguiente, terminamos de cargar el camión que había el día anterior en la entrada del edificio, aunque solo faltaban unos pequeños pero pesadísimos frascos de hierro, y salimos a todo gas, o mejor dicho a todo gasoil, por aquellas también tortuosas carreteras de montaña. Sin embargo, el viaje fue más corto que la otra vez, pues a media tarde ya estábamos descargando en el campamento.

Apenas tuvimos tiempo de instalarnos, cuando Federico, al que llamaban “Fede” y que posiblemente, según Guille, en unos días pasaríamos a llamarle “Rico”, nos dijo que en cinco minutos saldríamos para el Palacio de la Edad Media a fin de recabar el beneplácito para proceder a la entrada a la pirámide y consiguiente búsqueda del tesoro.

Volvimos a subirnos al camión y en tres horas entrábamos por la puerta principal del palacio. El que por cierto está emplazado en medio de una selva casi virgen, donde abundaban los pájaros, serpientes, monos de dos rabos y un sin fin de animales exóticos y desconocidos para la mayoría de los mortales.

Al entrar nos inspeccionaron el calzado, y no porque pretendieran que nos lo quitáramos o que fuesen de suela de goma o de otro material blando. Todo lo contrario, porque sus normas exigían que las pisadas fuesen sonoras, y de no ser así, nos colocarían unos clavos y placas metálicas para que se oyese con nitidez dónde nos encontráramos y así evitar riesgos de escondernos por aquellos pasillos y salas inmensas repletas de antigüedades valiosas.

Nos llevaron a un despacho lleno de espejos, quizás para vernos desde todos los ángulos, y allí nos entregaron la autorización que veníamos a buscar. Último requisito para empezar nuestra misión. Eso sí, habríamos de ir a pié y no en nuestro camión, pues de esa manera trataban de evitar que consiguiéramos un inmenso tesoro, lo cargáramos en el vehículo y huyéramos sin más.

Eso sí, nos acercaron en un rudimentario tren a diez quilómetros de la pirámide. Cosa que agradecimos porque nuestros equipos y herramientas pesaban lo suyo, especialmente los malditos frascos de hierro.

Aquella decena de quilómetros nos parecieron más del doble, pues apenas avanzábamos entre tanto follaje y pantanos, si bien tuvimos que agradecer a las autoridades del palacio el que hubieran dispuesto cinco mulos para acarrear aquellos frascos que vete tu a saber lo que contenían por lo que pesaban. Pero como con paciencia todo se consigue, al salir de una compacta agrupación de árboles milenarios, vimos la pirámide.

Encontramos una pequeña entrada, que aunque demasiado estrecha, lo suficientemente cómoda para meter todos nuestros equipos, incluso una especie de canales de madera muy bien labrada.

De todas maneras, antes de entrar, dimos un rodeo y vimos como delante de la pirámide había una enorme cabeza de piedra tumbada a los pies de las enormes escaleras que conducían a la cúspide.

Pero no estábamos allí de excursión, sin más pérdida de tiempo cogimos nuestra carretilla y demás artilugios de excavación y nos dirigimos a aquella tortuosa entrada.

Dotados de lámparas de aceite y keroseno, nos adentramos por aquel laberinto de pasadizos, los cuales contenían una especie de alacenas donde en su interior podían contemplarse ídolos y demás pinturas de una religión ancestral.

Cuando llegamos al centro de la pirámide, miramos hacia arriba y gratamente vimos como entraba la luz del sol, aunque tenue, a través de unas ramas de árboles que furtivamente habían crecido hace más de doscientos años. 

Hicimos unas fotos por si pudiera servirnos de algo en caso de no encontrar el tesoro, y continuamos andando por aquellos cada vez más estrechos pasadizos.

Finalmente, al cabo de cinco horas de inspeccionar paredes y golpearlas a ver si eran puertas secretas, llegamos a una preciosa sala de unos cien metros cuadrados, donde habían varias esculturas, cofres, pinturas y demás objetos valiosos.

Sin perder un minuto, abrimos los cofres, no sin tomar medidas preventivas para evitar que un posible escorpión o incluso una serpiente pudiera picarnos o mordernos.

Por suerte, no había ningún animal vivo, ni muerto. Solo joyas, y piezas de oro, muchas piezas, la mayoría de ellas del tamaño de un balón de futbol. Así que haciendo las fotos ya planificadas y filmando todo aquello que vimos, procedimos a montar las canales de madera que acarreábamos y por fin verter el líquido de aquellos malditos frascos. Si bien primero llenamos una gran artesa de madera, con ese líquido muy pesado y brillante, ¡vamos!, que yo diría que es el mismo que contenían los antiguos termómetros.

-       ¿Esto es mercurio? – Pregunté a Guillermo. Quien titubeando me respondió que si con la cabeza.
-       ¿Para que hacemos esto?, continué preguntando. Pero aquí se adelantó Federico y me dijo sin vacilar que para purificar los tesoros, sobre todo el oro.
Y es que según él, cuando este elemento noble está bajo la influencia de dioses paganos, se contamina y la única manera de sacarlo al exterior sin que arrastre consigo las maldiciones divinas, es bañarlo durante doce horas y sacarlo afuera flotando en mercurio a través de las canales.

- Así que satisfecha tu curiosidad, manos a la obra y no perdamos tiempo, que hemos de bañar los tesoros en la artesa moviéndolos sin parar hasta mañana por la mañana. - Terminó aseverando Fede.

Y así lo hicimos, pues todo el oro estuvo en remojo y bien movido durante más de medio día y a eso de las siete de la mañana, nos dispusimos a sacarlo de la pirámide flotando por las canales.

A la salida de la pirámide, lo guardamos en pequeños sacos de blancos de lona que introducimos en nuestros macutos, volvimos a recoger el mercurio en sus frascos y los cargamos en los mulos, a continuación nos pusimos a hacer el camino de retorno al Palacio de la Edad Media.

Nos esperaban con ansiedad para saber qué había sido del hallazgo, si bien la persona adjunta a nuestro equipo y perteneciente al palacio, ya les había anticipado de la buena nueva. Pero de todas formas querían saber detalles y sobre todo hacerse cargo de los tesoros.

Les fueron entregados todos y cada uno de los bienes encontrados, y sin más, nos fuimos; pero evidentemente después de recibir el cuarto de millón de dólares de recompensa, y darles las gracias por haber confiado en nosotros.

Cargamos nuestro camión con los equipos, la artesa, las canales y cómo no, los pesadísimos frascos llenos a rebosar.

- ¡Uf!, qué respiro. – Dijeron casi al unísono Fede y Guillermo nada más subirnos al camión y perder de vista el palacio. Acto seguido la carcajada fue estruendosa, tanto que me contagié y también reía como un loco sin saber porqué.

Cuando al día siguiente llegamos al campamento, después de soltar los equipos, fuimos a darnos un buen baño en la alberca que había a cincuenta metros de allí.  

Que aunque el agua estaba caliente, nos supo a gloria pues nos relajó de tal manera que en diez minutos todos estábamos roncando a pierna suelta dentro de las tiendas.

Cuando me desperté, ya venía Fede hacia mi camastro para pedirme que me levantara, si bien no tenía que ponerme ropa alguna porque nadie nos desnudábamos para dormir, y les ayudara a llevar los frascos a la torre de destilación.

Así que transportamos las botellas hasta aquella torre de obra y de una altura de tres plantas, vaciando cada una de ellas en un alambique ubicado sobre una parrilla bajo la cual ardía un deslumbrante fuego.

Aquel espectáculo no podía perdérmelo, así que como por seguridad para no respirar gases tóxicos habíamos de salir del recinto, me tendí sobre la artesa que estaba colocada delante de una ventana, y embobado presenciaba como el rojo del fuego se mezclaba con los vapores verdosos que salían del alambique.

-       ¿Qué era aquello? – Le pregunté a Guillermo y él me contestó que se trataba de evaporar por medio del calor los gases tóxicos que en la purificación de los objetos de oro habían contaminado el mercurio.

Una vez terminada la operación, vertieron de nuevo el mercurio en los frascos de hierro y el polvo amarillo brillante que quedó en el fondo del alambique, lo metieron con sumo cuidado en unos pequeños sacos de doble tela, ambas blancas y herméticas.

Acto seguido, nos subimos al cuatro por cuatro de Fede y nos dirigimos a su casa a unos cien kilómetros de allí.

Y tal como ya me avisaron entre bromas y veras el primer día en que me incorporé, dejaron de llamarle “Fede” y  pasaron a a llamarle con sonoras carcajadas “Rico”.

Y evidentemente, la casa era propia de una persona muy rica, cosa que me extrañó pues la recompensa no era como para disponer de aquella mansión, y por lo visto la de Guillermo, no era mucho menor.

Tres días estuve allí, comiendo, bebiendo y cantando, amén de bailar con unas preciosas chavalas que contrataron para animar aún más el éxito de la expedición. Y como todo tiene su fin, al cuarto día por la mañana, me llevaron a un embarcadero para que cogiera un pequeño barco que saldría hacia mi nuevo destino.

Mientras llegaba mi medio de transporte, contemplaba mi barriga que en tres días había aumentado, y tentando la cartera con diez mil dólares de gratificación que me dio Rico, se me cayó el anillo de oro que me regalaron mis padres al terminar la carrera. Lo recogí muy extrañado, pues nunca me lo quitaba, entre otras cosas, porque me estaba justo y casi no podía hacerlo salvo con agua jabonosa.

Aquel anillo había cambiado a un color más mate y sobre todo, era mucha más fino que una semana atrás. Casualmente, que antes de meter la mano en el mercurio moviendo los tesoros de oro para quitarles no se qué maldición divina.