domingo, 4 de enero de 2015

Junio

En este mes, continuamos la aventura de nuestro personaje que también continúa sólo. Se adentra en una isla de la Polinesia, donde le espera unos días, o mejor dicho unos ratos felices. Y llamaremos a la aventura:

Bailando en la selva

Aquella travesía fue muy tranquila, pues el mar estaba en calma y aunque nublado, no llovió en ningún momento. Así que al cabo de cinco días de navegar por esos mares de Dios, llegué a la isla en que decidí, quizás precipitadamente, pasar unos días para conocer las costumbres de aquellos pueblos polinomios.


No tenía ni idea de donde me encontraba, pero me daba igual, el asunto era conocer mundo y tratar de salir airoso de los trances que se me pudieran presentar. De todas maneras, no me vendría mal darle un vistazo al plano que había a la salida del embarcadero del importante pueblo en el que desembarqué. Si bien después de estar plantado cinco minutos delante de él, me quedé igual, no sabía qué hacer.

Y que más da. Lo importante era adentrarse en la selva y conocer las costumbres de los indígenas, en especial su manera de vivir y tomarse la vida sin tanta prisas como tenemos por cualquier cosa en nuestro mundo , digamos de progreso.

Mochila a cuestas, cámara de foto y de vídeo en bandolera, ¡y andando!

Y eso fue lo que hice, andar y andar por aquellos vericuetos y senderos llenos de maleza a un lado y otro el río, si bien por suerte había algún que otro letrero indicador del poblado que en pocos kilómetros podía visitar.

La temperatura no es que fuera muy alta, pero la humedad hacía que te sintieras sofocado con cualquier esfuerzo. Y no es que tuviera que hacer muchos, ya que la maleza no invadía las sendas, ni tampoco había importantes cuestas, pero el agobio de lo desconocido hacía que el corazón latiera más deprisa de lo habitual.

Aquello era precioso, la naturaleza se esforzó en embellecer aquella isla, donde tanta abundancia de agua había y tan cuidados estaban los pasos de los arroyos y torrentes.

Pasado el tiempo, añoré aquellos momentos donde aunque solo, en ningún momento tuve miedo de encontrarme con algún desaprensivo. Pues aquellos nativos con los que hablaba eran muy amables.

Una muestra de ello fue cuando les pregunté que en dónde podría ver las danzas típicas por las que se les conocía en todo el mundo. No se conformaron con indicarme, sino que prestos decidieron acompañarme para que no me perdiera dada la multitud de caminos que podría seguir.

Cuando vi que en las barandas de un artesano puente había unos bellos y artísticos escudos, comprendí que estaba cerca de aquella tribus que me anticiparon los que hablé una hora antes. Tribu que tenía entre sus costumbres ancestrales la danza tribal, tan bella y sensual que era la envidia de sus vecinos y rivales.

Tan pronto me di a conocer a uno de sus miembros, me dijo que no me fuera lejos, pues precisamente en aquella mañana habría una representación de sus bailes típicos, tanto para que sus visitantes pudieran apreciar su arte en las danzas, como para cumplir con la tradición de recuerdo a los héroes en la lucha contra pueblos invasores procedentes del mundo occidental hace tres siglos.

Así que anduve entre las cabañas de aquel precioso y limpio poblado, hasta que me avisaron de que en quince minutos empezaría el espectáculo.



En la apertura apareció una preciosa mujer ataviada con una falda verde hasta las rodillas y un sujetador hecho con medios cocos pintados de negro. En la cabeza llevaba un gorro rojo que entiendo simulaba un sol. Pero ya no me fijé más en la vestimenta, pues su belleza y gracia en el baile, me atrajo de manera especial.

Luego apareció un grupo de cinco jóvenes más, muy bellas también, que ataviadas de amarillo, danzaron al ritmo de unos tambores e instrumentos de viento hechos a base de cañas de bambú huecas. Muy bien lo hicieron también

Pero mi pensamiento se iba hacia la primera que apareció y que por suerte volvió a bailar, y en esa ocasión otra danza aún más bella y atractiva.

Cuando terminó el espectáculo, el corazón me latía desenfrenado por la idea que me asaltó de ir a tratar de ver y charlar con aquella preciosa nativa.

-       Me ha gustado mucho como has bailado. - Le dije atolondradamente en inglés al acercarme para felicitarla.
-       Me alegro mucho, pero te entiendo perfectamente en español. - Me contestó mirando un pequeño distintivo que asomaba de mi macuto, que como comprendí le dio la pista para saber que provenía de España.
-       ¡Qué bien! Y ¿cómo es eso?
-       Es que fui a estudiar a un colegio religioso de aquí, donde los profesores y administradores provenían de su nación.

Me pareció que se me abrió el cielo. Pues aquello fue más que motivo para ofrecerle la oportunidad de perfeccionar el idioma y que conociera las costumbres de mi nación, además de enseñarme las suyas para que las pudiera divulgar cuando regresara a mi tierra.

Así que nos sentamos a las orillas de un arroyo que con poca agua corría a las afueras del poblado, donde por cierto la habían acondicionado como si de una playa se tratara.

Seguimos allí hablando, y hablando hasta que el sol empezaba a ocultarse, de manera que la chica me invitó a que me alojara en una casa deshabitada junto a la suya y así poder seguir hablando al día siguiente.

Tan pronto amaneció, abrí los ojos, pero no porque me despertara entonces, ya que estuve mucho tiempo sin dormir pensando en mi esporádica vecina, sino porque oí unos suaves pasos de pies descalzos entrando en mi cabaña a la vez que una voz femenina susurraba mi nombre.

-       Manolo, anda levántate que quiero enseñarte una parte que pocos conocen de nuestra isla. – Me dijo casi al oído a la vez que me tiraba de un brazo.
-       ¡Voy, voy! - Le respondí con el corazón en la boca por lo rápido que latía

Me levanté y sin tener que ponerme otra cosa que los pantalones y una camisa, salí de la mano de ella.

-       Espera que me lave al menos
-       No hace falta, ya te lavarás y bien lavado a donde vamos

Bajamos unas escaleras y allí estaba una canoa doble como esperando a que nos subiéramos y nos perdiéramos río arriba.

No tuvimos que remar mucho, ya que a cuatrocientos metros, metro más o menos, vimos una pequeña cascada. Lugar precisamente a donde quería llevarme mi adorable bailarina.

Allí pasamos todo el día, hablando, bañándonos, bailando ella y gozando yo de su compañía, hasta tal extremo, que mientras lavaba unas frutas que ya estaban en la canoa, y estando tras ella, la cogí por los hombros cariñosamente. Ella se dio la vuelta y me beso en los labios.

Ya era la tarde bien avanzada, cuando decidimos regresar al poblado, así que nos dirigimos de nuevo a la canoa, pero esta vez cogidos de la mano y mirándonos a los ojos como dos perdidamente enamorados.

-       ¡Ay, mi padre me mata! – Dijo mi bailarina en voz alta, casi gritando. Y continuó diciendo.
-       Tenía que haber estado allí hace más de dos horas pues el espectáculo de danza también se celebraba hoy. ¡Por favor, corre!

Cuando llegamos, su padre, que la vio llegar desde lejos, salió de la especie de teatro de danza con un garrote en una mano y un cuchillo en la otra, gritando en inglés:

-       ¡Te mato, te mato, sinvergüenza! ¿Qué hacías con mi hija? Tu no sales vivo de aquí …

Como una pantera, mi amiga se abalanzó sobre su padre para calmarlo y también hicieron lo mismo sus compañeras, aquellas bailarinas vestidas de amarillo.

Viendo que el padre no estaba solo, pues su familiares y amigos masculinos también salieron en su ayuda, decidí en milésimas de segundo salir corriendo hacia la cabaña donde dormí, coger mi macuto y máquinas y salir por piernas de aquel bonito poblado, pero peligroso para mí en aquellas circunstancias.

Antes de contar hasta veinte, me encontraba al otro lado del puente y de allí oculto de la vista de mi perseguidores.

Esta vez no podía permitirme ir andando hasta el pueblo del cual provenía, de aquel en el que desembarqué, así que cogí una canoa muy ligera que a la sombra estaba y remando río abajo salí disparado

De todas maneras no las llevaba todas conmigo, pues expertos en la selva, mis perseguidores sabrían encontrarme por mucho que me propusiera engañarles, así que estrujándome el coco una vez más, se me ocurrió dejar la canoa esconderme en una cabaña que había  junto a un pequeño anfiteatro de representaciones típicas.

Allí estuve oculto hasta que se hizo de noche y como pude y con la ayuda de la luna llena, cogí el sendero que paralelo al río me llevaría al pueblo.

Una vez allí, me compré un sobrero de amplia ala y unas gafas de sol, me disfracé como pude y me dirigí al la estación de autobuses. Allí cogería el primer autocar que me llevara al aeropuerto y ¡a volar a Norteamérica!